Martes, 17 de Octubre del 2017
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FUTBOLARIO NACIONAL

Publicado el 04/06/14

Futbolario Nacional es un diccionario sobre la crisis del fútbol peruano, crisis que viene padeciendo desde hace cuarenta años. Contiene más de cien vocablos que ilustran las causas que han imposibilitado la presencia de Perú en los últimos ocho mundiales, las malas campañas de los clubes nacionales en eventos internacionales como la Copa Libertadores y la Copa Sudamericana, y el nivel paupérrimo que ofrece el fútbol nacional en el ámbito local.

Redacción: Ricardo Vargas Pinto

Arte gráfico: Benjamín Roberto V.R.

ESTRUCTURA DEL FUTBOLARIO:

  1. PRÓLOGO
  2. TÉRMINOS
  3. BIOGRAFÍA (SEMBLANZAS)
  4. ENCUESTAS
  5. RESEÑA DE LIBROS
  6. MODELOS / VEDETTES
  7. CINE / TV
  8. POEMAS
  9. ARTICULOS 

 

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LUIS GUADALUPE

 

De complexión atlética y con un metro noventa y tres centímetros de estatura, sin duda la naturaleza ha sido pródiga con Luis Guadalupe. Apareció en el fútbol peruano desempeñando el puesto de delantero. Aprovechando su descomunal potencia, los técnicos lo utilizaban como arma mortal en los contragolpes: “El Cuto” se proyectaba hacia el área como un ferrocarril sin que nadie pudiera detenerlo. Empero, los rivales no tardaron en encontrar la fórmula para neutralizarlo. Carente de habilidad y técnica, los defensores se las ingeniaban para obstaculizarlo o desestabilizarlo. A fin de recuperar su efectividad, Luis Guadalupe explotó al máximo el reglamento de la FIFA, valiéndose de sus falencias, intersticios y rigideces, y sacó pleno provecho de su generosa anatomía, buscando el choque, repartiendo patadas por doquier, y aplicando codazos y manotazos. Nada de esto, sin embargo, habría surtido efecto de no haber puesto en práctica una cualidad poco común en el fútbol: el histrionismo. De su cuantioso repertorio, Luis Guadalupe solía recurrir a las caídas aparatosas, la simulación de lesiones, la provocación de grescas. En su faceta menos nociva se podía ver a un Luis Guadalupe cantando y bailando, haciendo gestos y ademanes, burlándose y riéndose de manera estridente. Aun cuando a muchos aficionados les ocasionaba risas e incluso carcajadas, a otros los sacaba de quicio. Los más conservadores aducían que un personaje de semejante índole dañaba la imagen del fútbol peruano. Con un espectro de por sí bastante variopinto, en la cual alternaban paquetes y parrilleros, bluperos pasivos y activos, juergueros eventuales y a tiempo completo, donjuanes de modelos y vedettes, visitantes asiduos de comisarías y penitenciarías, vegetarianos espiritistas e inhaladores espirituales, la presencia de un clown dentro y fuera de la cancha no alteraba en nada el panorama. Eso sí, dejaba la sensación de que una suerte de maldición se había posesionado del fútbol peruano.

Desde su aparición con el Yo Calidad Chalaco, pasando por Universitario de Deportes, club con el cual obtuvo tres campeonatos consecutivos, hasta equipos extranjeros como el Independiente de Avellaneda, Luis Guadalupe había sido ubicado en todas las zonas posibles del campo. Esa suerte de ubicuidad en la cancha – carrilero, back central, volante de contención, volante externo, puntero, delantero centro, etc.- hizo pensar a muchos que se trataba de un jugador polifuncional. Con el tiempo se pudo advertir que los constantes cambios de posición se debían a que no rendía satisfactoriamente en ninguna. En la defensa era un peligro permanente, dada su tendencia a cometer penales y autogoles; en el medio campo las expulsiones eran continuas debido a su manera brutal de marcar; y en el ataque, su producción era estéril causado por sus escasos recursos técnicos. Pero como quiera que no hay profesional que no tenga algo de bueno, a su favor se podría decir que se trataba de un jugador regular, puesto que su rendimiento en cualquier zona del campo era casi siempre nulo.

Un hecho que alguna vez fue historia pero que hoy se propala como leyenda urbana sucedió en el año 2000, cuando Luis Guadalupe fue transferido al club KV Mechelen de la Liga Jupiter Belga. Vender a un jugador con pocas virtudes y muchas limitaciones al exigente mercado europeo comportaba todo un desafío para los empresarios. En rigor, sólo cabían dos posibilidades para plasmarlo en la realidad: mejorar sustancialmente su nivel técnico o editar un video de sus mejores momentos futbolísticos. La primera hubiese requerido de un esfuerzo sobrenatural y al final lo más probable es que no se habrían logrado los frutos deseados. En cuanto a la segunda, aun aplicando las técnicas más avanzadas en la edición de vídeos, con suma dificultad se habría podido engendrar una versión superada de Luis Guadalupe, que en el mejor de los casos lo hubiera hecho atractivo para el mercado de Oceanía. Lo cierto es que sobre su venta se han esbozado no pocas hipótesis, la más verosímil era aquella que sostenía que la estrategia marketera había consistido en utilizar el mensaje subliminal, interpolando en el video imágenes de jugadores excepcionales como Pele o Ronaldinho. Pronto, sin embargo, se supo la verdad: Eduardo Esidio había sustituido a Luis Guadalupe, videos de lo mejor de Eduardo Esidio se hicieron pasar como si fueran de Luis Guadalupe. Eduardo Esidio era un jugador brasileño que militó en el club crema y que destacó por su potencia y velocidad, así como por su fuerte disparo de zurda. La distancia futbolística entre Guadalupe y Esidio era, pues, abismal, pero de cerca el parecido físico era considerable y de lejos no había forma cómo distinguirlos. En el primer día de entrenamiento, el técnico belga no tardó en descubrir el engaño, al percatarse de que la pierna izquierda solo le servía para caminar y correr, pero que en el plano estrictamente futbolístico era prácticamente un inválido. No sospechaba, sin embargo, que con el transcurrir de los días iba a descubrir un drama aún mayor: que su flamante adquisición era ambidiestro, vale decir, un torpe con ambos pies. 

Pero la carrera de Luis Guadalupe no siempre fue un lastre; en el 2005 se produjo un hito en su producción que marcaría un punto de quiebre en el fútbol nacional. Aficionados, periodistas y directores técnicos consideraron que “El Cuto” había mejorado notablemente su nivel en Universitario de Deportes, club donde venía alternando de back central durante siete años, luego de habérsele probado en todas las zonas del campo. Fiel a su política de dar prioridad a los mejores jugadores del medio local (y del extranjero), Paulo Autuori, técnico de la selección para las Eliminatorias Alemania 2006, vio por conveniente su convocatoria para el encuentro de visita contra Brasil, cuya plantilla de jugadores estaba conformada por una constelación de estrellas, como Ronaldo, Kaká, Ronaldiho, Roberto Carlos, entre otros. Luis Guadalupe ingresó faltando casi un cuarto de hora; al minuto, Ronaldinho, Ronaldo y Kaká combinaron con suma destreza y este último convirtió. Kaká superó sin dificultad a Luis Guadalupe y, luego, ante la salida del arquero, disparó al arco con mucha categoría. No cabía duda de que su ingreso había distendido el esquema defensivo del cuadro nacional. Quienes observaron el encuentro no podían creer que era el mismo que había dado muestras de una mejora exponencial en el fútbol local. Lento, sin reflejos y harto torpe se preguntaban una y otra vez si no habían sido objetos de una ilusión óptica. Después de numerosas e interminables disquisiciones tuvieron que admitir que habían incurrido en un error de percepción. Si Luis Guadalupe estaba destacando en el campeonato local no era porque Luis Guadalupe había mejorado su rendimiento sino porque el campeonato local había descendido su nivel considerablemente. En suma, el pésimo perfomance de Luis Guadalupe había servido para poner en conocimiento una terrible verdad a los dirigentes, empresarios y a instituciones del Estado: el fútbol peruano había tocado fondo. No cabe duda que esta es la página más destacada que Luis Guadalupe ha aportado a la historia del fútbol peruano.

Escribe: Ricardo Vargas Pinto

 

07/08/2017

 

 JULIO CÉSAR URIBE

Denominado “El último de los Mohicanos” por el notable periodista Emilio Lafferranderie, “El Veco”, para dejar en claro que fue el último de los grandes de una generación gloriosa de futbolistas peruanos, Julio César Uribe, conocido también por el apelativo de “El Diamante Negro”, es incuestionablemente uno de los mejores centrocampistas armadores de todos los tiempos. Su regate, su habilidad y su extraordinaria técnica pudieron ser apreciados tanto en el Perú como en Italia, México y Colombia. Al lado de César Cueto, José Velásquez, Héctor Chumpitaz, Juan Carlos Oblitas y Gerónimo Barbadillo, entre otros extraordinarios jugadores, clasificó a la selección peruana al Mundial España 82.

Sin embargo, no es menos cierto que le faltó un peldaño para llegar a la cima y cerrar con broche de oro su carrera profesional, acaso coronándose campeón con un club importante del orbe o destacando nítidamente en un campeonato mundial. Pero lamentablemente  Julio César Uribe nunca pudo superar el escollo que le impidió llegar a la cúspide: Él mismo, su personalidad, su ego, que acaso afloró el día que se le premió como el tercer mejor jugador de América en el Monumental de River Plate  ante 90 mil aficionados. ¿Consideró que se trataba de una premiación mezquina dado que se circunscribía únicamente al continente americano? ¿Se sintió postergado al ser ubicado por debajo de Diego Armando Maradona y Arthur Antunes Coimbra, Zico, quienes ocuparon el primer y segundo puesto, respectivamente?

En pleno campeonato mundial (España 82) declaró: “Me marcan más que a Zico y a Maradona” y, en la culminación del mismo, señaló que Elba de Paula Lima, Tim, técnico de la selección peruana, y Teófilo Cubillas, excepcional delantero de la selección, habían malogrado su futuro. Salvo su estadía en el Cagliari Calcio, que duró tres años (1982 – 1985), Julio César Uribe permaneció un año en ulteriores clubes, y en algunos casos tan solo unos meses. Por discrepancias con el técnico, renunció sucesivamente al Gagliari Calcio, al América de Cali, al Club América, al Tecos y al Sporting Cristal (de Juan Carlos Oblitas). Para explicar y justificar cada una de sus dimisiones, Julio César Uribe se valió de un arma tanto o más poderosa que su endiablado dribling: el verbo, que alcanzará su máxima dimensión cuando ejerza el oficio de director técnico. Si de Jesucristo se afirma que es verbo hecho carne; de Julio César Uribe se podría decir que es carne que se vuelve verbo.

Dirigiendo al club Alianza Lima (1995) declaró lo siguiente al final de un encuentro trascendental que perdió ante F.C. Melgar: “La estrategia fue perfecta, pero no hubo respuesta de los jugadores”. Cuando tuvo a su cargo el club Carlos. A. Manucci (1992-1994) percibió que los malos resultados de su equipo eran producto de una conspiración de los árbitros contra su persona; a fin de no seguir perjudicándolo, se sacrificó presentando su  carta de renuncia. Si como jugador adjudicaba a sus compañeros y al técnico la responsabilidad de las derrotas y fracasos, como director técnico la  responsabilidad se las atribuía a sus dirigidos y a los árbitros.

Sin embargo, va ser su capacidad verbal la que lo llevará a ocupar el más alto cargo que todo entrenador aspira en su carrera: dirigir a la selección de su país. En realidad tomó la posta del técnico Francisco Maturana, quien había dejado el equipo nacional al borde de la eliminación. Cabían dos posibilidades para encarar el resto de las Eliminatorias (Corea del Sur – Japón 2002): dar por concluido el sueño de la clasificación, asumiendo los partidos restantes con seriedad pero pensando ya en las próximas eliminatorias; o, de lo contrario, renovar el sueño clasificatorio, llevando a cabo ajustes en el equipo y en el sistema de juego. A juzgar por el discurso que emitió en su presentación oficial, Julio César Uribe afrontó el reto pensando que las opciones de clasificación estaban intactas. Más aún, cada vez que tomaba la palabra, los aficionados tenían la sensación que éstas se incrementaban. Y en los momentos de mayor efervescencia, percibían que la clasificación al mundial ya se estaba materializando.

Por suerte, a diferencia de Maturana, cuyo sueño de clasificación se disipó lentamente, el sueño de Uribe se desvaneció abruptamente. La derrota en el primer encuentro de la Segunda Ronda ante Paraguay fue tan clara, justa y contundente que el impacto de la eliminación tuvo un efecto fulminante. Cinco años después la comisión de la Federación Peruana de Fútbol (FPF) lo nombró nuevamente técnico de la selección, aunque en esa oportunidad para afrontar la Copa América 2007. Ni en el campo periodístico ni en el de la afición encontró ninguna resistencia. Más aún la gran mayoría recibió la noticia con satisfacción. Y es que, para un país cuya mayoría de la población sufre de Alzheimer, cinco años era demasiado.

En la convocatoria preliminar sorprendió menos la inclusión de su hijo, Edson Uribe, que la justificación del mismo. Cuando se le consultó sobre el motivo, Julio César Uribe señaló: “Mi hijo tiene los conceptos muy claros”. A algunos aficionados la respuesta los dejó desconcertados, a otros pensando y a la gran mayoría en el limbo. Que Edson Uribe tenía un conocimiento inmejorable de los fundamentos básicos del fútbol parecía ser el significado más apropiado. Sin embargo, no quedaba claro si su conocimiento era solo de carácter teórico o también era práctico. La duda se disipó en poco tiempo y esta vez la respuesta de Julio César Uribe fue clara y contundente: marginó a su hijo de la convocatoria final.

Descarnada, fría, inapelable, la estadística es el mejor referente para establecer un balance de su corta gestión. La selección obtuvo un triunfo ante Uruguay (3-0), un empate ante Bolivia (2-2), y dos derrotas, una ante Venezuela (0-2) y otra ante Argentina (1-4). De 12 puntos posibles, sólo logró 4 puntos. En cuanto a la diferencia de goles, convirtió menos que lo que recibió, 6 goles a favor contra 8. En suma, aplicando cualquiera de las cuatro operaciones matemáticas el resultado es siempre el mismo: fracaso, desilusión, vergüenza.  Sin embargo, a raíz de una encuesta (2013) sobre técnicos nacionales que le resultó favorable, Julio César Uribe manifestó lo siguiente: “En el tiempo valoran lo que hice por mi selección de manera honesta, intensa y profesional… ante Uruguay, en la Copa, se jugó muy bien. En general, me siento agradecido. No es casualidad que hayamos clasificado a una siguiente etapa de Copa América solo con 15 días de trabajo. Hicimos grandes partidos tácticamente”. Sería injusto atribuir a su ego descomunal y a su nula capacidad de autocrítica declaraciones tan sorprendentes; se debe tener presente sobre todo su verbo prestidigitador, que con suma destreza transforma lo oscuro en luminoso, lo adverso en favorable, el error en acierto, el fracaso en triunfo.

Escribe: Ricardo Vargas Pinto

 

 

07/07/2017

Los bloopers de Juan “Chiquito” Flores

Los arqueros profesionales forman parte de la historia por haber destacado nítidamente, por haber mantenido su valla invicta en un número importante de encuentros, por haber impuesto un récord defendiendo la casaquilla de un club o de una selección. En el caso de Juan “Chiquito” Flores, guardameta que alternó en clubes importantes como Juan Aurich, Sport Boys y Universitario de Deportes, su nombre ha quedado perennizado por haber protagonizado los bloopers más desopilantes del futbol local.

En su larga e irregular carrera los bloopers se sucedieron en sus inicios de modo aleatorio, luego se volvieron costumbre, hasta que finalmente se convirtieron en su marca distintiva. Valgan verdades, no pocos de ellos son obras maestras, piezas de un acabado casi perfecto, escenas antológicas extraídas de una comedia de culto. Dada la cantidad, la calidad y la variedad de sus bloopers, parece que en Juan “Chiquito” Flores hubiese primado un franco deseo de superación.

De los nueve bloopers que se aprecian en el video confeccionado por Fútbol en América (2013), cuatro son provocados, es decir, errores forzados. En todos ellos se materializa un error garrafal inducido involuntariamente por un agente. Ante un centro al área o un disparo al arco, el arquero rechaza el balón hacia su propio arco, calcula mal el salto que le impide rechazar con firmeza el balón, se le escurre la pelota de las manos.

El vídeo incluye una jugada que pasa por blooper pero que en realidad se trata de un anti fairplay. Juan “Chiquito” Flores comete un foul descalificador contra el delantero Mauro “El Toro” Cantoro. Si lo vemos como un blooper es porque el rol protagónico lo encarna Juan “Chiquito” Flores. Con otro actor no dudaríamos en exigir que se vaya a la cárcel por mezclar el kick boxing con el fútbol. En el área de juego, el delantero argentino disputa un balón con el arquero, pero mientras él trata de lograr su objetivo con el pie izquierdo, el arquero sale raudamente de su arco con el pie derecho levantado para impedírselo, propósito que consigue al impactar los toperoles de su chimpún en la zona parietal de la cabeza. La escena es violenta a no dudarlo, pero la aparatosidad de Juan “Chiquito” Flores, su humanidad adiposa elevándose por los aires, no provoca indignación sino risa.

Otro de los bloopers no lleva la firma exclusiva de JuanChiquito” Flores; es más bien un blooper compartido. Y es que otra de sus cualidades indiscutibles es su capacidad para impulsar a sus compañeros de equipo y a los del bando contrario a cometer sus propios bloopers. Juan cae al suelo de dolor y deja la pelota a un costado; un compañero se acerca al balón y trata de despejarla, pero se aproxima un delantero del equipo contrario y patea la pelota. Esta choca con el defensa e ingresa al arco. Piero Alva, autor del tanto, ha sacado provecho de la oportunidad que se le presentó. Su sequía de goles en el campeonato no le permitió pensar ni remotamente en el fair play. El árbitro considera que el gol es legítimo y lo valida. Juan apela al fair play. Aun cuando no lo practica, Juan exige que se imponga el juego limpio. Al final del encuentro, se observa a Juan Flores cuestionando a Piero Alva por no haber practicado el fair play; y a Piero Alva justificando su acto por considerar que Juan Flores se tira al campo de juego para hacer tiempo. Debe de ser una de las escenas más descarnadas del fútbol peruano: por un lado, un inválido moral exigiendo fair play; por el otro, un faltoso tratando de cubrir su acto inmoral con un argumento falaz. Si se le percibe como un hecho aislado, estamos ante una comedia, pero si lo situamos como un capítulo más de la historia de la crisis del fútbol peruano, estamos ante un drama.

En cambio, tres bloopers llevan la impronta de Juan Flores. Ignoramos cuál es el móvil que le compele a generar jugadas destinadas a convertirse en bloopers de grandes dimensiones. ¿Incapacidad para reconocer sus limitaciones? ¿Afán de probar que domina los pies igual que sus manos? ¿Proclividad por subestimar al adversario de turno? En uno de los bloopers, Juan toma el control de la pelota y sale jugando, a pesar de que muy cerca merodea un delantero del bando contrario. El delantero disputa la pelota con Juan y se la quita, patea al arco, pero su remate choca en el palo. Es la quintaesencia del fútbol peruano: un blooper que genera otro blooper. En otra jugada Juan sale fuera de su área para impedir que delantero rival coja el balón. Juan le gana en velocidad y controla el balón, pero luego da un pase largo a otro jugador del equipo rival, quien al ver el arco desguarnecido, patea y convierte el gol. El tercero de esta serie es sin duda el mejor, quizás su obra maestra. Juan tiene al frente a un delantero muy hábil, como es Irven Ávila, pero eso no lo intimida y decide burlarse de él pateando no al balón sino al aire. Luego se agacha para cogerlo y lo agarra pero sin fuerza; con suma picardía, el delantero celeste se lo roba de las manos, se dirige al arco y convierte el gol. Ver a Juan “Chiquito” Flores gateando en el campo debería de suscitarnos compasión, pero, por más esfuerzo que hagamos, no podemos evitar que nos provoque risa.

En suma, se trata de un vídeo altamente recomendable. Cuenta con un menú muy surtido, ya que no sólo reúne bloopers, sino anti fairplays, patada voladora y disparates por doquier. Además, cuenta con un valor agregado, las declaraciones de Juan “Chiquito” Flores, quien demuestra que también se puede aplicar el anti fairplay en el lenguaje e incurrir en bloopers semánticos sin ningún recato.

Escribe: Ricardo Vargas Pinto