Lima, 10 de Noviembre del 2025.-La informalidad en el Perú es más que una cifra. Es una práctica extendida que se refleja en cómo trabajamos, hacemos trámites, accedemos a servicios o simplemente buscamos conseguir algo «más rápido».
Según el INEI, la informalidad laboral en el país alcanza el 70.9%, lo que significa que la mayoría de trabajadores no accede a derechos básicos como seguridad social o pensiones. Pero este problema no solo se limita al empleo: está presente en muchas de nuestras decisiones cotidianas, incluso cuando creemos que son inofensivas.
“La informalidad no es solo un tema legal. Se apoya en la costumbre de tomar atajos, de justificar lo incorrecto, de buscar ventaja, sin importar si se transgreden normas o derechos”, señala Virgilio Paz Licenciado en Administración y docente de la Facultad de Administración de Negocios de IDAT.
La viveza criolla y la cultura del atajo
Desde pedir un favor para evitar una fila, hasta evitar declarar ingresos, muchas de estas conductas se justifican con la llamada “viveza criolla”, una supuesta astucia que nos han enseñado a ver como habilidad o picardía, cuando en realidad es una forma de corromper lo establecido.
“La viveza criolla es la falta de respeto a la sociedad. Se la confunde con creatividad, pero en realidad incumple normas y afecta a todos”, afirma Paz.
Este comportamiento, según el especialista, no distingue nivel socioeconómico: puede verse tanto en ciudadanos de a pie como en espacios de poder. Y si bien en otros países este tipo de actitudes son consideradas delitos, en el nuestro muchas veces se celebran o toleran.
¿Qué podemos hacer? Cinco actos simples que sí marcan la diferencia
“La informalidad será un rival difícil de vencer mientras no seamos conscientes de que está presente en nuestras propias decisiones diarias”, advierte Paz. “Más que un reto, debe ser una obligación que nos impongamos todos los peruanos, sin distinción.”
La informalidad no es un problema ajeno. Está en lo cotidiano y se mantiene viva mientras sigamos validando atajos. El cambio no empieza en una ley, sino en la forma en la que cada ciudadano decide actuar.