El Estado imperial más grande que haya creado Suramérica fue el de los emperadores brasileros Pedro I y II (1822-89) y, en la época precolombina, el de los incas (pre-1532). Sin embargo, allí, antes que los humanos llegaran (hace poco más de diez mil años), hubo un reino mucho más vasto y duradero, el mismo que se extendió a la mayor parte de su extenso territorio. Este no duró algunas décadas sino decenas de millones de años.
Hace 65 millones de años, cuando se produjo la masiva extinción de los grandes dinosaurios, nuestro planeta pasó de la era cretácica a la actual (el Cenozoico), en la misma en la cual el continente de Suramérica se constituyó como tal separándose paulatinamente de Australia, India, África, India y Antártica.
Durante la mayor parte de su existencia como tal América del Sur estuvo reinada por seres que caminaban parados en dos patas y cuya altura se asemejaba a la nuestra.
Si bien Suramérica fue el último continente al cual llegaron los humanos, hasta cuando los primeros homínidos surgieron en el África hace más de 2 millones de años, éste fue el único continente cuyo sistema ecológico estuvo encabezado siempre por cazadores bípedos. Estos eran varias veces mayores a los caballos de entonces y se alimentaba de éstos, llamas, osos, tapires, armadillos y perezosos gigantes, etc.
Estos no eran simios (quienes nunca llegaron del viejo al nuevo mundo) ni tampoco mamíferos.
Eran parientes lejanos de los tiranosaurios, quienes fueron los jerarcas de la fauna norteamericana hasta antes que un meteoro les exterminase a ellos y a la mayor parte de los animales del mundo cretácico. Al igual que los tiranosaurios, estos feroces carnívoros suramericanos corrían sobre dos extremidades inferiores, tenían 2 extremidades superiores que no podían tocarse entre ellas y su gigante mordedura era letal.
Mientras los norteamericanos de hoy viven obsesionados con los tiranosaurios produciendo películas, exhibiciones, personajes, juguetes y documentales a granel sobre ellos, los suramericanos vivimos ignorando a estos animales, quienes vivieron más tiempo y estuvieron cronológicamente más cercanos a nosotros. Es más, la gran mayoría de los suramericanos ni siquiera ha oído hablar de los forusrácidos, que es el nombre que estas aves del terror tienen.
Estos, no llegaron a tener el tamaño ni el peso de los tiranosaurios, pero sí sobrepasaban al de muchos dinosaurios raptores. Sin embargo, superando los 2 metros de altura y los 3 de largo los forusrácidos tienen el mérito de estar entre los emplumados de rapiña más grandes que hayan existido.
Entre 17 y 25 especies de ellos se han clasificado, siendo la mayor el ‘kalenkan’ recientemente descubierto en Patagonia, cuyo pico es el más grande y letal de todos los que se conocen en la historia del mundo. Este mide más de 70 centímetros (el doble de una cabeza humana). Cada día debía devorar entre 10 y 15 kilos de carne para mantener su peso de casi 200 kilos.
Mientras gran parte de la dieta de los tiranosaurios era la carroña, los forusrácidos eran esencialmente cazadores y su velocidad (y también, posiblemente, su inteligencia) fueron mayores.
Las aves del terror fueron los monarcas indiscutibles de Suramérica mientras este continente se mantuvo separado del resto. Cuando, hace 3 millones de años se creó el istmo de Panamá que conectó a las 2 Américas, se produjo un intercambio de animales (los lobos y felinos del norte se desplazaron al sur compitiendo con los forusrácidos) así como cambios climáticos que alteraron el ecosistema suramericano. Todo ello contribuyó a su extinción.
Es una lástima que nuestras universidades, museos y producciones no le den mayor importancia a quien reinase sobre la fauna suramericana durante 60 millones de años, y cuyo estudio ayudará a conocer las causas de masivas extinciones suramericanas y evitar que ello se vuelva a repetir en esta época de calentamiento global.