Hasta hace dos décadas, los conflictos en la principal región exportadora de petróleo del mundo se basaban en ideologÃas o modelos socio-económicos. Mas, tras el desplome del bloque soviético, los que pregonaban la lucha de clases fueron siendo minimizados por los que promueven luchas de nacionalidades o de religiones.
Un presagio de lo que puede venir en el Medio Oriente es lo que pasó en los Balcanes, la penÃnsula europea limÃtrofe a dicha zona, la misma que, además, también fue parte del imperio turco otomano.
En los noventas Yugoslavia se ensangrentó en una guerra fratricida donde gente de la misma raza e idioma eslavos se masacraban debido al pasado religioso de sus antepasados, aunque ellos mismos fuesen más seculares. Desde el fin de la II Guerra Mundial ningún otro paÃs de tal tamaño ha acabado siendo escindido, como ha pasado en el caso yugoslavo, en siete repúblicas, cada una de las cuales promoviendo alguna forma de predominio, limpieza o pureza étnica.
La tesis de que un Estado debe promover la homogeneidad lingüÃstica y religiosa es algo que viene del proceso de desintegración del imperio turco, cuando hace un siglo Grecia y TurquÃa desplazaron forzosa y masivamente a sus respectivas minorÃas.
Cuando al final de la I Guerra Mundial Francia y Reino Unido se repartieron las posesiones turcas del Levante, ellas también promovieron las disputas étnicas pero, no para crear Estados étnicamente homogéneos, sino buscando dividir para reinar. Francia separó artificialmente al LÃbano de Siria para darle una república a los cristianos maronitas (que desde la época de las cruzadas habÃan simpatizado con los francos) y donde estos últimos fuesen una leve mayorÃa. También Reino Unido favoreció un ‘Hogar Nacional’ hebreo en Palestina mientras que artificialmente juntó a 3 provincias disimiles de la Mesopotamia para crear Iraq.
Hoy, toda la estructura entre etnias creada en esa región viene siendo cuestionada. Primero fue el LÃbano donde los musulmanes, tornados en mayorÃa, cambiaron la constitución de dicho estado después de una guerra fratricida. Después fue Iraq donde la mayorÃa chiita pro-Irán sacó provecho del derrocamiento de Hussein para querer suplantar al dominio de la minorÃa árabe sunita.
Ahora hay dos paÃses árabes donde el poder sigue en manos de una minorÃa religiosa dentro del Islam. Uno es Bahréin donde el 70% de sus habitantes, que son chiitas, chocan con la bi-centenaria monarquÃa despótica sunita. Otro es Siria donde el poder militar y polÃtico ha sido concentrado por una familia y un partido entroncados en los alawitas (una secta ligada a los chiitas que apenas agrupa a uno de cada ocho sirios), mientras que los grupos armados opositores promueven la identidad sunita.
Siria, antes que Bahréin, puede acabar dominada por un gobierno que se sustente en la etnia mayoritaria.