Buenos Aires, abr. 30 . En su casa de Santos Lugares, el escritor argentino Ernesto Sábato falleció a los 99 años, luego de una fructÃfera carrera literaria que supo contrastar con una ferviente defensa de los derechos humanos cuando encabezó la Comisión Nacional de Desaparición de Personas de su paÃs.
Lejos de asumir un rol incontrastable, el autor de la trilogÃa de novelas El Túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abbadón, el exterminador (1974), fue un escritor y un ser humano polémico, cruzado por sus propias contradicciones, presentes en algunos de sus personajes literarios, tal como reseña la agenda Telam.
“Nunca me he considerado un escritor profesional, de los que publican una novela al año. Por el contrario, a menudo, en la tarde quemaba lo que habÃa escrito a la mañana“, declaró una y otra vez para referirse a esa obra que marcó las generaciones del 60 y 70, y se desdibujó cuando sus ojos comenzaron a fallar, para ser reemplazada por la pintura.
Sus escritos finales, que incluyen memorias y crónicas de la vejez, constituyen su postrera y desvaÃda despedida con la escritura, más allá de algún destello vital como la conmovedora confesión de amor a su colaboradora Elvira Fernández Fraga, hoy al frente de la fundación que lleva su nombre.
Su figura recobró fuerza como portavoz de valores añorados por una sociedad lacerada primero por la dictadura militar y luego por el neoliberalismo imperante en los años 90. Su mensaje se concentró en los jóvenes: “Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopÃa -dijo- serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido“.
DÃas antes de su nacimiento, el 24 de junio de 1911, falleció un hermano suyo de 2 años llamado también Ernesto, un hecho que lo marcarÃa de por vida.
De origen calabrés, su padre tenÃa un molino harinero en la localidad bonaerense de Rojas y con su hermano Arturo salÃan a comprar frutas en una volanta. En ese pueblo donde expresó su deseo de ser enterrado pasó su niñez.
El ideario de Sábato se va delineando a partir de su adhesión al Partido Comunista, en tiempos del general Augusto Sandino, los mártires de Chicago y la terrible dictadura de José Evaristo Uriburu, que lo lleva a la clandestinidad.
Con dudas acerca de la infalibilidad del materialismo dialéctico y en pareja con Matilde Kusminsky, joven de 19 años que se va de su casa para unirse al escritor, Sábato viaja a Moscú pero en el camino escapa a ParÃs, ante el inicio de las purgas de Stalin.
A su regreso obtiene su doctorado en el Instituto de FÃsico-Matemática. Bernardo Houssay le da una beca en 1938 para trabajar con el matrimonio Curie en ParÃs. Allà conoce al pintor cubano Wilfredo Lamm y a integrantes del grupo surrealista.
En esos dÃas escribe La Fuente Muda, una novela de la que solo publicó algunos capÃtulos en la revista Sur.
A principios de los 40, Sábato junto a su mujer y su pequeño hijo viaja a las sierras cordobesas a vivir en un rancho precario: “Deseaba vivir en la meditación, afrontar los hechos esenciales de la vida y ver si podÃa aprender lo que tenÃa para enseñarme…“.
Pero consigue un puesto en la Unesco y regresa a ParÃs: “hundido en una profunda depresión, frente a las aguas del Sena, me subyugó la tentación del suicidio“, confiesa en sus memorias.
En esa época afianza sus vÃnculos literarios: conoce a Victoria Ocampo y a Borges (“interminables fueron las conversaciones sobre Platón y Heráclito de Efeso, lamentablemente, en 1956 nos separaron ásperas discrepancias polÃticas“).
Según el propio Sabato, “El Túnel fue la única novela que quiso publicar, y para hacerlo debà sufrir amargas humillaciones. A nadie le parecÃa posible que yo me dedicara a la literatura“.
Entre su obra ensayÃstica figuran Uno y el universo; Hombres y engranajes, El escritor y sus fantasmas, ApologÃas y rechazos, y La robotización del hombre. Además, el Romance de la muerte de Juan Lavalle, cantata que compuso junto a Eduardo Falú.
Fue nombrado Caballero de las Letras y las Artes, distinción instituida por André Malraux y la Cruz de la Orden de la Legión de Honor (Francia, 1980). Entre otros galardones, recibió el Premio Cervantes, el Menéndez Pelayo, el Premio Jerusalén y la Medalla de Oro del CÃrculo de Bellas Artes de Madrid.
Luego de la dictadura militar, Sábato asumió la dirección de la Conadep, organismo que por primera vez puso al descubierto los crÃmenes de lesa humanidad ocurridos en la Argentina. Un compromiso que continuó hasta el final, como lo testimonian sus diversas intervenciones sobre el horror perpetrado en esos años.
Al finalizar los años 90, apareció su libro de memorias Antes del fin; al filo del siglo XXI publicó La resistencia, y en junio de 2004, España en los diarios de mi vejez. Para ese entonces ya habÃan muerto su mujer Matilde y uno de sus dos hijos.
El homenaje que le ofreció el Premio Nobel de Literatura, el portugués José Saramago durante el III Congreso de la Lengua Española realizado en 2004 en Rosario (Santa Fe) mostró -una vez más- el enorme cariño de la gente común por el escritor. Hasta se dio el lujo en esos dÃas de cumplir uno de sus sueños y se fotografió junto a todo el equipo de Rosario Central.
Para entonces sus apariciones públicas eran cada vez más esporádicas; refugiado en Santo Lugares, su casa se convirtió en un lugar de peregrinación constante, sobre todo el dÃa de su cumpleaños.
AllÃ, en su biblioteca, con los libros apilados en orden, entre sus cuadros y el sonido del viento colándose por la vieja arboleda, Sábato recibÃa a familiares, vecinos y amigos e invitaba a pasar a los jóvenes que, como parte de un ritual, tÃmidamente lo atisbaban por la ventana.
Cuando tuvo que restringir este rito, fue todo el pueblo de Santos Lugares el encargado de organizar una gran fiesta para celebrar, sin duda, la vida de su habitante más ilustre.