Domingo, 29 de Noviembre del 2020
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“La Belleza de la Vida” – Eliseo León Pretell

Publicado el 22/01/14

La vida es bella, demasiado bella para desperdiciarla con pensamientos, actitudes y sentimientos que la enturbian y la desnaturalizan. La vida es en sí, un siendo, la vida se va viviendo, desde nuestro interior; no podemos fijarla en la realidad de un instante histórico, aunque lo hacemos teóricamente, la vida no se detiene ni nos espera.

Fluye con nuestro ser, que la completa con nuestras conductas que interactúan con el orden de la naturaleza.

El sustento de la vida es el orden natural, dentro de él se mueve y nos movemos nosotros.

El orden es un rango, un equilibrio inestable, que permanentemente vuelve al nivel basal para conservarlo.

Cualquier desorden activa condiciones que como un feedback lo detectan y lo corrigen.

Así también es la naturaleza física del hombre, instintivamente dispara elementos para volver a la normalidad.

Sin embargo el comportamiento exterior se rige por otros parámetros, en especial la libertad relativa, que le permite violar el orden, crear otro, generar desorden y caos.

O permanecer abúlico y estanco perdiendo el gozo natural y la maravilla del placer de vivir.

Pero la vida sigue siendo hermosa por más que el hombre la prostituya, los ciclos se cumplen inexorablemente, la tierra sigue siendo fértil, los retoños nacen, las flores abren su corola irradiando policromía al mundo, los animales engendran sus crías y pueblan este mundo, que creemos nuestro porque nos hemos apropiado, de todo aquello, que desde el arcano, fue puesto a nuestro servicio, para nuestro goce y complacencia.

La diferencia es que lo dado es comunidad, y lo apropiado es diferenciado, entre quienes creen tener mayor derecho, mayor capacidad o mayor poder.

La vida sin embargo da para todo, nos podemos creer que somos quienes la gobernamos y la determinamos, pero es una suposición errónea, vana y fútil, que inexorablemente termina con la muerte.

La vida continúa desparramando belleza a raudales, para todos aquellos de buena voluntad y excelso corazón que ven la realidad de lo que hay que ver, y disfrutan el presente tal como es, como una gracia extraordinaria concedida sin merecerlo y sin saber porqué a nosotros los hombres.

¿Qué hizo que seamos los elegidos? ¿Qué mérito acreditamos para merecerlo?

Es una pregunta sin respuesta, que sólo se puede contestar desde el corazón y a través de la pasión del amor. Sólo el amor engendra belleza y aumenta la hermosura de la vida.

Todo lo que hacemos queriendo, que es una forma de amar, elegido desde nosotros mismos, voluntaria y libremente, y sólo porque así lo decidimos, y porque sentimos que debemos hacerlo así, es lo que hace que nuestro embeleso se sume a la hermosura natural y haga de la tierra un edén.

Decían los griegos que había tres cosas: la verdad, la belleza y el bien, que resumían la conducta y el sentir de los hombres.
El amor se funda en la verdad y engendra la belleza. Infunde sabiduría y hace a la gente y a los pueblos mejor.

No hay mayor belleza que vivir el amor, que se expresa en el quehacer y en el ser de la persona, que se trasluce en el rostro, en la mirada, en la voz, en el cuerpo y llega al otro para darlo, sin concesiones y sin condiciones, sólo por el amor en sí mismo.

Dar, amar, ser feliz y transmitir la felicidad a quienes nos rodean y son nuestros prójimos y nuestros compañeros en este camino que la existencia nos lleva hacia las alturas, hacia la totalidad del ser, hacia la divinidad, hacia el infinito.

Echamos una mirada a nuestro alrededor y a cada instante y en cada sitio que la detengamos veremos la belleza de la vida, la hermosura de una existencia buena, porque cree, ama, es solidaria y sólo espera contemplar el amor que se desparrama en nuestro camino.



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