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Gabriel Villarán, guerrero del océano
22/02/2013 Deportes

Gabriel Villarán no se quita los lentes oscuros. Nunca. O casi. Al conocerlo es difícil descifrar qué intenta esconder debajo de esos lentes gigantes, cuadrados y negros que el tablista usa casi como si fueran parte de su cuerpo. Son las tres de la tarde en el club Waikiki, del circuito de playas de Miraflores. El cielo está nublado, pero Villarán solo se quita los lentes al saludarme, y regresan inmediatamente a su rostro. En sus ojos marrones y claros hay una dulzura infantil, pero el ceño fruncido sostiene preocupación.

«Pucha, disculpa por la demora», me dice el campeón nacional de tabla, claramente contrariado: tuvo que llevar a su madre de emergencia al hospital. Gabriel Villarán es un hombre menudo, pero de cuerpo atlético esculpido por las olas y los ejercicios de yoga que hace cada mañana. Sus veintiocho años pasan desapercibidos bajo su vestimenta juvenil. Su cabello rubio, maltratado por el sol, asemeja una pequeña y desordenada choza de paja que se sienta sobre su rostro angular, de nariz fina y quijada fuerte. Se sienta de espaldas al mar y no parece distraerse por nada de lo que sucede en el club: ni los niños jugando en la piscina, ni las mujeres de cuerpos bronceados que pasean frente a nuestra mesa.

Gabriel Villarán es amable. Saluda a las siete personas que se acercan a verlo; los conoce a todos de nombre y apellido. Es un hombre carismático, pero distante, de respuestas cortas y precisas. Pero las palabras que faltan en sus labios sobran en su cuerpo. Un tatuaje en la muñeca izquierda resalta sobre la piel bronceada de Villarán:Monique / Tu amor lo llevo dentro por todos los tiempos, reza el tatuaje, que el tablista explica con sencillez algo abrupta.

—¿Por qué te hiciste ese tatuaje?
—Porque mi mamá se puso picona cuando me hice el tatuaje por mi papá.
Villarán acomoda una sonrisa grande debajo de sus gafas al recordar la experiencia. Es una sonrisa simétrica, acogedora, que quiebra su rostro tosco y masculino de inmediato. Y, aunque las bromas fluyen con más comodidad que las conversaciones serias, las sonrisas son breves y precisas, igual que sus palabras.

Talla Still Rides / Heroes never die, se lee en el tatuaje en la parte alta de su brazo derecho. «Talla le decían a mi papá», explica el tablista. Se lo hizo en un viaje a Londres en 2005. Su padre, Augusto Tallarín Villarán, fue tres veces sub campeón nacional de tabla y el que le presentó el mar a Gabriel cuando, a los cuatro años, en la playa de este club, le amarraba unos flotadores de tecnopor al cuerpo y lo subía en su tabla con él. «Desde ese verano corro tabla», recuerda el capitán que lideró el equipo campeón mundial del ISA Billabong World, en 2010. «Me afané muchísimo, hasta ahora, una de las mejores sensaciones que recuerdo es tener catorce o quince años, llegar a la playa y correr con mi tabla como loco hacia el mar». El tablista tiene mucho que agradecerle a su padre, y lo hace. Pero, para Gabriel Villarán, el recuerdo de Talla también tiene otros matices.

 Era marzo de 2002 y Gabriel Villarán, de diecisiete años, disfrutaba de los últimos días del verano, camino a las playas del sur, en el auto de su madre. Fue un viernes por la tarde y un viaje silencioso, pero Gabriel no sospechaba nada. Al bajar del auto, su madre le dijo lo que había estado pensando cómo decir durante todo el camino. «Tu padre ha tenido un accidente y ha fallecido», es lo que recuerda que le dijo su madre. «Después de eso, no recuerdo qué pasó; no recuerdo lo que sentí, ni cómo reaccioné, ni qué pensé», dice Villarán. Su madre le pidió que vaya a la playa, que se relaje, que ella iba a lidiar con eso. Ella y Talla estaban separados desde que Villarán tenía seis años. «Mi papá era el amigo que venía a la casa y nos hacía morir de risa», comenta. «Mi mamá era la que trabajaba y nos daba de comer, nos cuidaba y nos obligaba a hacer las tareas».

Al día siguiente, el padre de Villarán sería velado en Lima. Su padre había saltado del puente Villena, en Miraflores, conocido por ser uno de los lugares preferidos de los suicidas por esa época. «Yo simplemente no quería ir. No sé por qué, pero no quería ir. No quería lidiar con esa situación». Gabriel Villarán es un hombre que evita los malos ratos. O intenta hacerlo. «Un amigo mío me convenció para ir; me dijo que ya estaba grande, que era la familia, que tenía que ir. Y tenía razón».

—¿Lo lloraste?
—No. No me salió ni una lágrima en el entierro ni en el velorio. Las lágrimas vinieron con el tiempo.
Gabriel Villarán cuenta su historia con el temple de alguien que habla sobre esa película que acaba de ver en el cine y que no llenó sus expectativas. Su tono de voz no expresa tristeza, regaño o desdén.
—¿Tienes buenos recuerdos de tu padre?
—Si no fuese por él, yo nunca hubiese conocido el mar. De hecho lo extrañé, lo necesité. Todo pudo haber sido más fácil si él hubiese estado aquí. Pero no le reprocho nada. Él no estaba bien. Hizo lo que tuvo que hacer, y yo respeto su decisión.

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