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Investigador británico, Robert Edwards, nuevo Premio Nobel de Medicina

Publicado el 04/10/10

El Instituto Karolinska de Estocolmo premió hoy con el Nobel de Medicina al británico Robert G. Edwards, que, al desarrollar la terapia de fecundación in vitro, posibilitó una transformación radical en el tratamiento de la infertilidad.

Los portavoces del Instituto indicaron que Edwards no se encuentra bien de salud en estos momentos, por lo que no han podido hablar con él directamente, pero que su esposa les ha trasmitido que está “encantado” con la concesión del premio.

Además, destacaron que “sus contribuciones representan un hito en el desarrollo de la medicina moderna”. Sin embargo, la rueda de prensa ha estado marcada en gran medida por la polémica generada por la filtración del nombre de Edwards como galardonado.

Edwards fue realizando descubrimientos significativos: reveló cómo maduran los óvulos humanos, qué hormonas regulan ese proceso, en qué fase son susceptibles de ser fertilizados por el esperma, y las condiciones en que éste tiene la capacidad de fertilizar.

Sus esfuerzos le permitieron fecundar por primera vez un óvulo humano en una probeta en 1969, aunque esos óvulos no se desarrollaban más allá de una división celular simple.

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Robert Edwards, nuevo Nobel de Medicina
El investigador británico es el padre de la terapia de fecundación in vitro
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El investigador británico Robert Edwards.
El investigador británico Robert Edwards. REUTERS

EFE El Instituto Karolinska de Estocolmo premió hoy con el Nobel de Medicina al británico Robert G. Edwards, que, al desarrollar la terapia de fecundación in vitro, posibilitó una transformación radical en el tratamiento de la infertilidad.

Sus investigaciones marcan un “hito” en la medicina moderna, según el jurado, y han creado un nuevo campo de estudio, además de permitir el nacimiento de 4 millones de niños con esa técnica y solucionar un problema que afecta a más del 10 por ciento de las parejas del mundo que quieren tener hijos.

Edwards (Manchester, 1925) comenzó a interesarse por la fertilización en la década de 1950, cuando estudiaba biología en la Universidad de Gales y luego en la de Edimburgo, donde se doctoró en 1955 con una tesis sobre el desarrollo de los embriones en ratones.

El proceso de fertilización in vitro había sido estudiado por primera vez en no mamíferos a mediados del siglo XIX, y casi un siglo después se demostró que óvulos de conejos madurados podían ser fertilizados con esa técnica y dar lugar a embriones.

Durante la primera parte del siglo XX, investigadores de medicina reproductiva discutían sobre cómo fecundar óvulos humanos, pero la complejidad del proceso y la insuficiencia tecnológica hacían que no se produjeran avances, hasta que apareció Edwards, primero en el Instituto Nacional de Investigación Médica de Londres y luego en la Universidad de Cambridge, a la que sigue vinculado en la actualidad.

Edwards fue realizando descubrimientos significativos: reveló cómo maduran los óvulos humanos, qué hormonas regulan ese proceso, en qué fase son susceptibles de ser fertilizados por el esperma, y las condiciones en que éste tiene la capacidad de fertilizar.

Sus esfuerzos le permitieron fecundar por primera vez un óvulo humano en una probeta en 1969, aunque esos óvulos no se desarrollaban más allá de una división celular simple.

Edwards pensó que óvulos madurados en ovarios podrían funcionar mejor, pero el problema era que no existía un método conocido para extraer un número suficiente en la fase correcta.

Un artículo del ginecólogo Patrick Steptoe, fallecido en 1988, sobre la laparoscopia, una polémica técnica que permitía examinar los ovarios a través de instrumentos ópticos y de la que era uno de los pioneros, puso a Edwards sobre la pista correcta.

Ambos empezaron a trabajar juntos, y gracias al uso de esa técnica, Steptoe pudo sacar los óvulos de los ovarios y Edwards los fertilizó in vitro, formando con éxito embriones precoces.

Sus prometedores avances fueron frenados por las autoridades británicas, que le retiraron la financiación por cuestiones éticas, aunque pudieron seguir adelante gracias a donaciones privadas.

La oposición por problemas éticos de políticos, líderes religiosos e incluso otros científicos fue una constante en esa etapa, pero no impidió que las investigaciones siguieran avanzando.

Y llegó el éxito

A comienzos de la década de 1970 empezaron a transferir embriones fecundados in vitro a los úteros, y tras un centenar de intentos frustrados por abortos y de eliminar el tratamiento hormonal suministrado a las mujeres, apostando en su lugar por confiar en el ciclo menstrual de las pacientes, llegó el éxito definitivo.

El primer “bebé probeta”, Louise Brown, nació el 25 de julio de 1978, y con ella, una nueva era en la medicina.



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