“Creo
y seguiré creyendo que la duración de una
obra reside en gran parte en sus cualidades estrictamente
literarias. Por ‘literarias’ entiendo el estilo,
las metáforas, la armonía de la frase y de
la construcción, elementos en suma sensoriales, sensuales,
que muchos escritores negligen. Las ideas pasan, la expresión
queda”
Un 31 de agosto de 1929 (Barranco, Lima) vino al mundo uno
de los mejores cuentistas del Perú: Julio Ramón
Ribeyro. Sus estudios primarios y secundarios los realizó
en el Colegio Champagnat; y los universitarios en la Universidad
Católica, en la cual siguió la carrera de
Derecho.
En la década del setenta viajó a París.
Allí vivió y se dedicó a escribir.
Para poder subsistir estuvo trabajando como periodista en
France-Press, donde permanece hasta 1971, año en
que es nombrado Consejero Cultural del Perú ante
la Unesco. Estableció asimismo contacto con diversos
escritores y artistas de Latinoamérica.
En 1955 publicó su primer libro: Los gallinazos
sin plumas (1955), relatos que tienen como escenario la
ciudad de Lima y retratan personajes de diversas clases
sociales. En 1964 publicó Las Botellas y Los Hombres
y en 1958 Cuentos de circunstancias. Luego publicó
Tres historias sublevantes (1964), Los cautivos (1972),
El próximo mes me nivelo (1972), Silvio en El Rosedal
(1977), Sólo para fumadores (1987), Relatos santacrucinos
(1992).
Quiso explorar el género novelístico y en
1960 publicó Crónica de San Gabriel, sin duda
su mejor novela. Cinco años después entregó
otra novela, de inferior nivel: Los geniecillos dominicales.
Cambio de guardia, publicada en 1976, fue su última
novela y la menos satisfactoria de las tres. Dos años
antes, le detectaron un cáncer, causado por su adicción
al cigarrillo, que acabaría con su vida en 1994.
Julio
ramón Ribeyro también incursionó en
otros géneros, como el teatro: Vida y pasión
de Santiago el pajarero (1970), Teatro (I1975), Atusparia
(1981); el ensayo, La caza sutil: Ensayos y artículos
de crítica literaria (Milla Bartres - Lima, 1976);
y otros que no se pueden encasillar en ningún género:
Prosas apátridas (Tusquets Editores - Barcelona,
1975), Prosas apátridas aumentadas (Milla Bartres
- Lima, 1978), Dichos de Luder (Jaime Campodónico
Editor - Lima, 1989). Asimismo, también escribio
diarios y cartas: La tentación del fracaso: Volúmenes
del I - III (1992, 1993, 1995), Cartas a Juan Antonio: Volúmenes
I y II (1996, 1998), La tentación del fracaso: 1950-1978
(2003).
El 4 de diciembre de 1994 Julio Ramón Ribeyro obtuvo
el Premio Juan Rulfo, para muchos el más importante
en habla castellana.
PROSAS APÁTRIDAS
“Lo fácil que es confundir cultura con erudición.
La cultura en realidad no depende de la acumulación
de conocimientos incluso en varias materias, sino del orden
que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de
la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento.
Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos,
pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están
relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos
parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se
distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su
canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias
se encuentran en fermentación y engendran continuamente
nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con
interés. El erudito como el avaro, guarda su patrimonio
en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento
y la repetición. En el primer caso el conocimiento
engendra el conocimiento. En el segundo el conocimiento
se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al
dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero
culto es aquel que habiendo sólo leído "Las
Bodas de Fígaro" se da cuenta de la relación
que existe entre esta obra y la Revolución Francesa
o entre su autor y los intelectuales de nuestra época.
Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que
posee el mundo en diez nociones básicas es más
culto que el especialista en arte sacro bizantino que no
sabe freír un par de huevos. “
DECÁLOGO DE JULIO RAMÓN RIBEYRO
El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia.
El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda
contarlo.
La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es
real debe parecer inventada y si es inventada real.
El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda
leerse de un tirón.
La historia contada por el cuento debe entretener, conmover,
intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra
ninguno de estos efectos no existe como cuento.
El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos
ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.
El cuento debe sólo mostrar, no enseñar. De
otro modo sería una moraleja.
El cuento admite todas las técnicas: Diálogo,
monólogo, narración pura y simple, epístola,
informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando
la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su
expresión oral.
El cuento debe partir de situaciones en las que él
o los personajes viven un conflicto que los obligue a tomar
una decisión que pone en juego su destino.
En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada.
Cada palabra es absolutamente imprescindible.
El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un
solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no
acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.