Mario
Vargas Llosa, uno de los más grandes escritores del
Perú, nació en la madrugada del 28 de marzo
de 1936, en Arequipa. Un año después, se traslada
con su familia a Cochabamba, Bolivia. Allí permanece
durante ocho años, luego regresa al Perú a
vivir en la ciudad de Piura, donde pasará experiencias
inolvidables.
Años después se muda a la capital, donde
ingresa a estudiar al Colegio Militar Leoncio Prado (1950-1951),
importante episodio de su vida que le servirá como
base para escribir su primera novela La ciudad y los perros.
El quinto de secundaria lo realiza en Piura. En esta ciudad
también estrena su primer drama, La huida del inca.
Regresa a la capital para matricularse en la Universidad
de San Marcos. En 1957 gana un premio para su cuento "El
desafío" - consistente en un viaje a París.
En París concluye su libro de cuentos Los jefes (1959).
Cinco años después obtiene el Premio Biblioteca
Breve de la editorial española Seix Barral por su
primera novela La ciudad y los perros. Con esta obra Mario
Vargas Llosa se convirtió en una de las principales
figuras del llamado Boom latinoamericano, al lado de Gabriel
García Márquez, Julio Cortázar, José
Donoso, Carlos Fuentes y Augusto Roa Bastos. Posteriormente,
durante esta década, publica dos novelas La casa
verde (1966), con la cual gana el Premio Rómulo Gallegos
(1967) y Conversación en la Catedral (1969); y un
relato, Los cachorros (1967), obras que confirman su extraordinario
talento narrativo.
En la década siguiente entrega a la imprenta dos
novelas que, según la crítica especializada,
no están a la altura de las anteriores: Pantaleón
y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor
(1977). Sucede lo contrario con el género ensayístico,
pues entrega dos obras de gran envergadura: Gabriel García
Márquez: Historia de un deicidio (1971) - que en
realidad es la tesis con la cual obtuvo su doctorado en
Letras; y La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary
(1975).
En los ochenta, cuando muchos críticos pensaban
que Mario Vargas Llosa estaba acabado, aparece La guerra
del fin del mundo (1981), que lo ubica nuevamente entre
los mejores novelistas del mundo; así como también
la obra de teatro La señorita de Tacna. Tres años
después, publica Historia de Mayta (1984).
Cuando
el gobierno de Alan García Pérez intenta estatizar
la banca el año 1987, año en que publica El
hablador, Mario Vargas Losa se siente obligado moralmente
a participar en política. Convoca un mitin, al cual
concurre mucha gente, funda el Movimiento Libertad y en
1989 postula a la presidencia de la República. Contra
todo pronóstico, pierde las elecciones del año
siguiente. Esta derrota lo lleva a retirarse de la política
y a entregarse de lleno a la literatura. En 1993 escribe
su autobiografía El pez en el agua (1993), la obra
teatral El loco de los balcones y la novela Lituma en los
andes.
Crítico implacable de toda forma de dictadura, rompe
su silencio para hacerle frente al gobierno de Alberto Fujimori
a través de artículos y entrevistas.
En la década del 2000, Mario Vargas Llosa retoma
el nivel de sus mejores novelas con los libros La fiesta
del chivo (2000) y El paraíso en la otra esquina
(2003).
A lo largo de su exitosa carrera, Mario Vargas Llosa ha
recibido importantes premios literarios como el Príncipe
de Asturias (1986), el Ritz Hemingway (1981), el Miguel
de Cervantes (1994), Pen Nabokov (2002), Premios Grinzane
Canvour, Irving Kristol (2005), e innumerables títulos
honoríficos de diversas universidades del mundo.
Además, se le ha otorgado la distinción de
ser miembro de número de la Academia Peruana (1975)
y miembro de la Real Academia Española (1994).
Un extraordinario ensayo, llamado La Tentación de
lo imposible. Víctor Hugo y Los miserables (2004),
es el último libro de Mario Vargas Llosa.
FRAGMENTO DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ:
HISTORIA DE UN DEICIDIO
“Escribir novelas es un acto de rebelión
contra la realidad, contra Dios, contra la creación
de Dios que es la realidad. Es una tentativa de corrección,
cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución
por la realidad ficticia que el novelista crea. Éste
es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales
porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como
cree que son). La raíz de su vocación es un
sentimiento de insatisfacción contra la vida; cada
novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico
de la realidad.
Las causas de esta rebelión, origen de la vocación
del novelista, son múltiples, pero todas pueden definirse
como una relación viciada con el mundo. Porque sus
padres fueron demasiado complacientes o severos con él,
porque descubrió el sexo muy temprano o muy tarde
o porque no lo descubrió, porque la realidad lo trató
demasiado bien o demasiado mal, por exceso de debilidad
o de fuerza, de generosidad o de egoísmo, este hombre,
esta mujer, en un momento dado se encontraron incapacitados
para admitir la vida tal como la entendían su tiempo,
su sociedad, su clase o su familia, y se descubrieron en
discrepancia con el mundo. Su reacción fue suprimir
la realidad, desintegrándola para rehacerla convertida
en otra, hecha de palabras, que la reflejaría y negaría
a la vez.
Todos los novelistas son rebeldes, pero no todos los rebeldes
son novelistas. ¿Por qué? A diferencia de
los otros, éste no sabe por qué lo es, ignora
las raíces profundas de su desavenencia con la realidad:
es un rebelde ciego. La demencia luciferína a que
lo empuja su rebeldía -suplantar a Dios, rehacer
la realidad-, el carácter extremo que ésta
adopta en él, es la manifestación de esa oscuridad
tenaz. Por eso escribe: protestando contra la realidad,
y, al mismo tiempo, buscando, indagando por esa misteriosa
razón que hizo de él un supremo objetor. Su
obra es dos cosas a la vez: una reedificación de
la realidad y un testimonio de su desacuerdo con el mundo.
Indisolublemente unidos, en su obra aparecerán estos
dos ingredientes, uno objetivo, el otro subjetivo: la realidad
con la que está enemistado y las razones de esta
enemistad; la vida tal como es y aquello que él quisiera
suprimir, añadir o corregir a la vida. Toda novela
es un testimonio cifrado: constituye una representación
del mundo, pero de un mundo al que el novelista ha añadido
algo: su resentimiento, su nostalgia, su crítica.
Este elemento añadido es lo que hace que una novela
sea una obra de creación y no de información,
lo que llamamos con justicia la originalidad de un novelista.
No es fácil detectar el origen de la vocación
de un novelista, el momento de la ruptura, la o las experiencias
que viciaron su relación con la realidad, hicieron
de él un inconforme ciego y radical y lo dotaron
de esa voluntad deicida que lo convertiría en un
suplantador de Dios. Y no lo es porque, en la mayoría
de los casos, la ruptura no es el resultado de un hecho
único, la tragedia de un instante, sino un lento,
solapado proceso, el balance de una compleja suma de experiencias
negativas de la realidad. En todo caso, la única
manera de averiguar el origen de esa vocación es
un riguroso enf remamiento de la vida y la obra: la revelación
está en los puntos en que ambas se confunden. El
por qué escribe un novelista está visceralmente
mezclado con el sobre qué escribe: los 'demonios'
de su vida son los 'temas' de su obra. Los 'demonios': hechos,
personas, sueños, mitos, cuya presencia o cuya ausencia,
cuya vida o cuya muerte lo enemistaron con la realidad,
se grabaron con fuego en su memoria y atormentaron su espíritu,
se convirtieron en los materiales de su empresa de reedificación
de la realidad, y a los que tratará simultáneamente
de recuperar y exorcizar, con las palabras y la fantasía,
en el ejercicio de esa vocación que nació
y se nutre de ellos, en esas ficciones en las que ellos,
disfrazados o idénticos, omnipresentes o secretos,
aparecen y reaparecen una y otra vez, convertidos en 'temas'.
(Sabiduría del lenguaje popular: un hombre con obsesiones
que recurren en su conversación es un 'hombre con
temas', un 'temático'). El proceso de la creación
narrativa es la transformación del 'demonio' en 'tema',
el proceso mediante el cual unos contenidos subjetivos se
convierten, gracias al lenguaje, en elementos objetivos,
la mudanza de una experiencia individual en experiencia
universal. La historia_de un novelista, según Roland
Barthes, es la historia de un tema y sus variaciones. Discutible
para autores como Tolstoi, Dickens o Balzac, la fórmula
es válida para aquellos que, como Kafka o Dostoyiewsky,
parecen haber escrito toda su obra azuzados por una idea
fi|a. Es el caso de García Márquez: obsesiva,
recurrente, una intención central abraza su obra,
una ambición única que sus ficciones van desarrollando
a saltos y retrocesos, desde perspectivas diferentes y con
métodos distintos. Este denominador común
hace que sus cuentos y novelas puedan leerse como fragmentos
de un vasto, disperso, pero al mismo tiempo riguroso proyecto
creador, dentro del cual encuentra cada uno de ellos su
plena significación. Esta voluntad unifícadora
es la de edificar una realidad cerrada, un mundo autónomo,
cuyas constantes proceden esencialmente del mundo de infancia
de García Márquez”.