Juan
Parra del Riego, uno de los renovadores de la poesía
peruana a comienzos del siglo XX, nació el 20 de
diciembre de 1894 en Huancayo, Junín.
Radicado en Lima en 1913, gana el primer lugar en los Juegos
Florales de Barranco con una reunión de sonetos titulado
Canto a Barranco. En Trujillo, el año 1916, formó
parte de un grupo de intelectuales al que él denominó
“ La Bohemia de Trujillo “, y que la integraron
César Vallejo, Haya de la Torre, Antenor Orrego,
Alcides Spelucín, entre otros. Un año después,
en Argentina publica su primer libro de poemas. Posteriormente,
se traslada a Uruguay y ahí se convierte en un personaje
importante del mundo literario, y publica dos poemarios:
Himnos del cielo (1924) y Blanca Luz (1925). También
se aboca al periodismo firmando sus contribuciones con el
seudónimo de Juan Cristóbal. Gana un importante
evento poético con Canto al Carnaval.
En sus inicios literarios, sus poemas eran de corte modernista;
Rubén Darío y José Santos Chocano habían
influido en sus obras. Pero luego en sus poemas aborda otros
temas: la tecnología, el deporte, la aventura y el
humor. Sin embargo, a pesar de que estos temas son afines
con el vanguardismo, específicamente con el futurismo,
la crítica especializada no lo considera un poeta
vanguardista. “ Aunque con el empleo de los polirritmos
renueva audazmente los alquitarados sistemas de versificación
modernista, no llega como en la vanguardia europea o como
en la posterior poesía peruana a la destrucción
completa del verso tradicional”, sostiene el connotado
crítico Washington Delgado, en su valioso libro Historia
de la Literatura Republicana.
La mayor parte de la obra de Parrra del Riego se publicó
póstumamente. En Montevideo, 1937, se publicó
tres polirritmos inéditos; en 1994, en Lima, Mañana
en el Alba. Obra poética completa.
Juan Parrra del Riego murió en Montevideo, el 21
de noviembre de 1925.
AL MOTOR MARAVILLOSO
Yo que canté un día
la belleza violenta y la alegría
de las locomotoras y de los aeroplanos,
qué serpentina loca le lanzaré hoy al mundo
para cantar tu arcano,
tus vivos cilindros sonámbulos, tu fuego profundo.
¡Oh, tú, el motor oculto de mi alma y de mis
manos!
¡Qué llama enloquecida se enreda en tus fogones
y hace girar la rueda líquida de la sangre
y atiranta las poleas de los músculos
para mecer los columpios súbitos de las sensaciones,
cuando corro, beso, anhelo, callo, sufro, espero, miro,
salta mi alma en una loca carcajada,
floto en sedas de suspiro
o en el charco solitario de la sombra en que me estiro
se me copia el corazón como una estrella desolada!
Y qué electricidades
se me van por los alambres calientes de los nervios
hasta el cerebro, caja de las velocidades,
azules y negras y rejas de todos los sueños...
Zumba la turbina sutil de hondos dolores
y saltan imágenes,
y hacia donde ya no alcanza el ojo triste
con sus sedientas ruedas de colores
corre el tren de las imágenes...
Y qué émbolos oscuros se agitan sin cesar,
y que carbón jadeante de soles escondidos
a todo vapor, a todo vapor,
te hace andar
cuando se me hincha el corazón de una salvaje alegría
o se me quiere romper el dolor
y de melancolía.
Motor humano: tú eres
la única maravilla de este mundo doloroso,
por tu inmortal prodigio: el beso de las mujeres,
el pensamiento firme y armonioso,
la palabra que salta rotunda, patética y viva
por la célula furtiva
que trabaja en sus telares nuestro ritmo misterioso;
teje un día la Esperanza,
otro día el sufrimiento,
otro día la alegría.
Yo siento
cuando queda tensa y viva sobre mi alma la Energía,
¡Motor de la explosión de toda la vida mía!
Hondo motor que haces de mi cólera y mi llanto
mi callada pasión y mi fuerza y mi canto,
más ligero,
más ligero,
con la carga de esperanza que es mi única conquista:
tú, la máquina del único sendero sin
sendero;
yo, tu alado y sangriento maquinista.