Hijo
ilegítimo del conquistador español Sebastián
Garcilaso de la Vega Vargas, y de Palla Chimpu Ocllo, descendiente
de una noble inca, Garcilaso nació en el Cusco el
12 de abril de 1539. Fue bautizado como Gómez Suárez
de Figueroa. Recibió en Cuzco una excelente educación
al lado de los hijos de Francisco y Gonzalo Pizarro, mestizos
e ilegítimos como él, debido a la posición
privilegiada de su padre, que perteneció a las huestes
de Francisco Pizarro hasta que se pasó al bando del
virrey La Gasca.
Un año después de morir su padre (1560),
viajó a España a educarse. Si bien la familia
de su padre lo acogió, tuvo que sufrir su condición
de mestizo. En su obra Comentarios Reales
dice al respecto: "A los hijos de español y
de india, o de indio y española, nos llaman mestizos,
por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto
por los primeros españoles que tuvieron hijos en
Indias; y por ser nombre impuesto por nuestros padres y
por su significación, me lo llamo yo a boca llena
y me honro con él. Aunque en Indias si a uno de ellos
le dicen sois un mestizo, lo toman por menosprecio".
Por este motivo, y por razones de orden económico,
se presentará a la corte de Madrid para obtener el
reconocimiento de sus derechos como hijo de conquistador.
Empero, a raíz del comportamiento de su padre durante
las guerras civiles, sus pretensiones se vieron frustradas.
Decepcionado, quiso retornar al Perú, pero también
fracasó.
Garcilaso
participó en las campañas militares para erradicar
a los moros. Combatió en Navarra e Italia; en Alpujarras,
obtuvo el grado de capitán. Pronto dejó la
vida militar y se abocó a las letras. En 1590 publicó
su primer libro La tradición del indio de
los tres Diálogos de amor, de León Hebreo.
Posteriormente, apareció (en Lisboa, Portugal) La
Florida del Inca, en 1605, libro en el cual narra
la expedición de Hernando de Soto a Norteamérica.
En este mismo país, se editará el primer tomo
de los Comentarios reales de los Incas,
en el cual narra la historia, los ritos, mitos y costumbres
de los Incas hasta la llegada de los conquistadores españoles.
En 1617 se publicó la segunda parte de los Comentarios,
titulada Historia general del Perú,
en la cual resalta la conquista y las guerras civiles.
Garcilaso de la Vega murió en el hospital de la
Limpia Concepción de Córdova, el 23 de abril
de 1616, el mismo día en que morían Miguel
de Cervantes Saavedra y William Shakespeare.
FRAGMENTO DE LOS COMENTARIOS REALES
Libro I, Capítulo XV
El origen de los Incas Reyes del Perú
Viviendo o muriendo aquellas gentes
(2) de la manera que hemos visto, permitió Dios Nuestro
Señor que de ellos mismos saliese un lucero del alba
que en aquellas oscurísimas tinieblas les diese alguna
noticia de la ley natural y de la urbanidad y respetos que
los hombres debían tenerse unos a otros, y que los
descendientes de aquél, procediendo de bien en mejor
cultivasen aquellas fieras y las convirtiesen en hombres,
haciéndoles capaces de razón y de cualquiera
buena doctrina, para que cuando ese mismo Dios, sol de justicia,
tuviese por bien de enviar la luz de sus divinos rayos a
aquellos idólatras, los hallase, no tan salvajes,
sino más dóciles para recibir la fe católica
y la enseñanza y doctrina de nuestra Santa Madre
Iglesia Romana, como después acá lo han recibido,
según se verá lo uno y lo otro en el discurso
de esta historia; que por experiencia muy clara se ha notado
cuánto más prontos y ágiles estaban
para recibir el Evangelio los indios que los Reyes Incas
sujetaron, gobernaron y enseñaron, que no las demás
naciones comarcanas donde aún no había llegado
la enseñanza de los Incas, muchas de las cuales se
están hoy tan bárbaras y brutas como antes
se estaban, con haber setenta y un años que los españoles
entraron en el Perú. Y pues estamos a la puerta de
este gran laberinto, será bien pasemos adelante a
dar noticia de lo que en él había.
Después de haber dado muchas trazas y tomado muchos
caminos (3) para entrar a dar cuenta del origen y principio
de los Incas Reyes naturales que fueron del Perú,
me pareció que la mejor traza y el camino más
fácil y llano era contar lo que en mis niñeces
oí muchas veces a mi madre y a sus hermanos y tíos
y a otros sus mayores acerca de este origen y principio,
porque todo lo que por otras vías se dice de él
viene a reducirse en lo mismo que nosotros diremos, y será
mejor que se sepa por las propias palabras que los Incas
lo cuentan que no por las de otros autores extraños.
Es así que, residiendo mi madre en el Cuzco, su patria,
venían a visitarla casi cada semana los pocos parientes
y parientas que de las crueldades y tiranías de Atahualpa
(4) (como en su vida contaremos) escaparon, en las cuales
visitas siempre sus más ordinarias pláticas
eran tratar del origen de sus Reyes, de la majestad de ellos,
de la grandeza de su Imperio, de sus conquistas y hazañas,
del gobierno que en paz y en guerra tenían, de las
leyes que tan en provecho y favor de sus vasallos ordenaban.
En suma, no dejaban cosa de las prósperas que entre
ellos hubiese acaecido que no la trajesen a cuenta.
De las grandezas y prosperidades pasadas venían a
las cosas presentes, lloraban sus Reyes muertos, enajenado
su Imperio y acabada su república, etc. Estas y otras
semejantes pláticas tenían los Incas Pallas
(5) en sus visitas, y con la memoria del bien perdido siempre
acababan su conversación en lágrimas y llanto,
diciendo: »Trocósenos el reinar en vasallaje...
« etc. En estas pláticas yo, como muchacho,
entraba y salía muchas veces donde ellos estaban,
y me holgaba de las oír, como huelgan los tales de
oír fábulas. Pasando pues días, meses
y años, siendo ya yo de diez y seis o diez y siete
años, acaeció que, estando mis parientes un
día en esta su conversación hablando de sus
Reyes y antiguallas, al más anciano de ellos, que
era el que daba cuenta de ellas, le dije:
— Inca, tío, pues no hay escritura entre vosotros,
que es lo que guarda la memoria de las cosas pasadas, ¿qué
noticia tenéis del origen y principio de nuestros
Reyes? Porque allá los españoles y las otras
naciones, sus comarcanas, como tienen historias divinas
y humanas, saben por ellas cuándo empezaron a reinar
sus Reyes y los ajenos y al trocarse unos imperios en otros,
hasta saber cuántos mil años ha que Dios crió
el cielo y la tierra, que todo esto y mucho más saben
por sus libros. Empero vosotros, que carecéis de
ellos, ¿qué memoria tenéis de vuestras
antiguallas?, ¿quién fue el primero de nuestros
Incas?, ¿cómo se llamó?, ¿qué
origen tuvo su linaje?, ¿de qué manera empezó
a reinar?, ¿con qué gente y armas conquistó
este grande Imperio?, ¿qué origen tuvieron
nuestras hazañas? El Inca, como holgándose
de haber oído las preguntas, por el gusto que recibía
de dar cuenta de ellas, se volvió a mí (que
ya otras muchas veces le había oído, mas ninguna
con la atención que entonces) y me dijo:
— Sobrino, yo te las diré de muy buena gana;
a ti te conviene oírlas y guardarlas en el corazón
(es frase de ellos por decir en la memoria). Sabrás
que en los siglos antiguos toda esta región de tierra
que ves eran unos grandes montes y breñales, y las
gentes en aquellos tiempos vivían como fieras y animales
brutos, sin religión ni policía (6), sin pueblo
ni casa, sin cultivar ni sembrar la tierra, sin vestir ni
cubrir sus carnes, porque no sabían labrar algodón
ni lana para hacer de vestir; vivían de dos en dos
y de tres en tres, como acertaban a juntarse en las cuevas
y resquicios de peñas y cavernas de la tierra. Comían,
como bestias, yerbas del campo y raíces de árboles
y la fruta inculta que ellos daban de suyo y carne humana.
Cubrían sus carnes con hojas y cortezas de árboles
y pieles de animales; otros andaban en cueros. En suma,
vivían como venados y salvajinas, y aun en las mujeres
se habían (7) como los brutos, porque no supieron
tenerlas propias y conocidas.
Adviértase, porque no enfade el repetir tantas veces
estas palabras: »Nuestro Padre el Sol«, que
era lenguaje de los Incas y manera de veneración
y acatamiento decirlas siempre que nombraban al Sol, porque
se preciaban descender de él, y al que no era Inca
no le era lícito tomarlas en la boca, que fuera blasfemia
y lo apedrearan. Dijo el Inca:
Nuestro Padre el Sol, viendo los hombres tales como te he
dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos y
envió del cielo a la tierra un hijo y una hija de
los suyos para que los doctrinasen en el conocimiento de
Nuestro Padre el Sol, para que lo adorasen y tuviesen por
su Dios y para que les diesen preceptos y leyes en que viviesen
como hombres en razón y urbanidad, para que habitasen
en casas y pueblos poblados, supiesen labrar las tierras,
cultivar las plantas y mieses, criar los ganados y gozar
de ellos y de los frutos de la tierra como hombres racionales
y no como bestias. Con esta orden y mandato puso Nuestro
Padre el Sol estos dos hijos suyos en la laguna Titicaca,
que está ochenta leguas de aquí, y les dijo
que fuesen por do quisiesen y, doquiera que parasen a comer
o a dormir, procurasen hincar en el suelo una barrilla de
oro de media vara en largo y dos dedos en grueso que les
dio para señal y muestra, que, donde aquella barra
se les hundiese con solo un golpe que con ella diesen en
tierra, allí quería el Sol Nuestro Padre que
parasen e hiciesen su asiento y corte.