Viernes, 22 de Septiembre del 2017
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La revolución robótica de Japón

Publicado el 10/04/17

ANDRÉS OPPENHEIMER
aoppenheimer@miamiherald.com

Durante una visita a Japón para entrevistar a varios funcionarios sobre la revolución robótica que tiene lugar en varios países asiáticos, se me hizo más claro que nunca que el presidente Trump está fantaseando si cree que logrará crear empleos manufactureros en Estados Unidos renegociando acuerdos comerciales con México y otros países.

Trump debería pasar menos tiempo en el campo de golf y darse una vuelta por Asia, donde vería lo rápido que Japón, China y Corea del Sur están desarrollando sus industrias de robótica. Estos países están reemplazando a un gran número de trabajadores por robots cada vez más rápidos, eficientes y baratos, y Estados Unidos tendrá que hacer lo mismo para seguir siendo competitivo.

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Si Trump continúa con sus planes de renegociar los acuerdos de libre comercio con México y otros países con mano de obra más barata, los empleos que pretende traer de regreso no irán a trabajadores estadounidenses, sino a robots.

En Japón, que ya es uno de los principales productores de robots del mundo, el primer ministro Shinzo Abe está llevando a cabo un plan quinquenal de $1,000 millones para convertir a este país en una “superpotencia robótica”. El plan prevé la creación de nuevos robots industriales y de servicios, y la cuadruplicación de la producción de robots del país para 2020.

Japón tiene una poderosa razón para apostarle fuertemente a los robots: su fuerza de trabajo está disminuyendo rápidamente. Japón tiene una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, su población está envejeciendo rápidamente, y el país tiene políticas de inmigración muy restrictivas que no quiere cambiar.

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“Necesitamos robots, porque tenemos cada vez menos trabajadores”, me dijo Atsushi Yasuda, director del departamento de robótica del Ministerio de Economía. “Tenemos 76 millones de personas en edad laboral hoy, y para 2025 ese número bajará a 70 millones”.

Los japoneses parecen tener un romance con los robots. Uno ve robots en la entrada de muchas tiendas, saludando a los clientes y dándoles direcciones. Japón también ve a los robots como una solución a su creciente problema de falta de atención a los ancianos: previendo una gran escasez de trabajadores en asilos de ancianos, el país está desarrollando robots para ayudar y proporcionar compañía a las personas mayores.

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Pero lo que va a tener el mayor impacto en la economía mundial es la creciente producción de robots industriales cada vez más baratos. Estos son el tipo de máquinas que realizan los trabajos rutinarios en las fábricas de automóviles que Trump quiere traer de vuelta a Estados Unidos.

El costo promedio actual de un robot industrial es de $28 por hora, pero disminuirá a menos de $20 la hora –por debajo del salario promedio de un trabajador manufacturero estadounidense– en 2020, según un estudio del Boston Consulting Group (BCG).

Por ese motivo, el porcentaje de tareas manejadas por los robots aumentará del 8 por ciento actual al 26 por ciento a finales de la década, según el estudio de BCG.

Otro estudio realizado por el Centro de Investigación de Negocios y la Economía de Ball State University dice que el 88 por ciento de las pérdidas de empleos en Estados Unidos en los últimos años se debieron a cambios tecnológicos, y no al comercio con México o China.

Mi opinión: Trump está perdiendo el tiempo tratando de renegociar acuerdos comerciales con México, China y otros países para hacer regresar empleos manufactureros a Estados Unidos.

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Ese tipo de empleos se ha ido para siempre. Ha pasado lo mismo que con los trabajos agrícolas de Estados Unidos, que pasaron del 40 por ciento del total de empleos en el país en 1900 a un 2 por ciento un siglo después.

En lugar de perder el tiempo tratando de resucitar un mundo del siglo pasado que ya no existe, Trump debería centrar sus energías en mejorar la educación y la formación profesional para producir los trabajadores altamente calificados que se requerirán producir mejores empleos en la nueva economía del conocimiento. Los países asiáticos ya lo están haciendo, y Estados Unidos se quedará atrás si no hace lo mismo.