Domingo, 4 de Diciembre del 2016


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JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Publicado el 01/12/16

Hace 44 años dejó de existir uno de los novelistas más prominentes del Perú: José María Arguedas. Nacido en Andahuaylas, Apurímac, el 18 de enero de 1911, se comprometió socialmente con los seres más explotados del país: las comunidades indígenas.

La muerte de su madre, cuando apenas tenía tres años, y el segundo matrimonio de su padre cambió radicalmente su vida. El nuevo matrimonio se trasladó a la hacienda de su madrastra, quien era dueña de medio pueblo y despreciaba a los indios y al mundo andino. José María sufrió desde el principio no sólo el maltrato de su madrastra, sino también el de sus tres hijos. Los cuatro lo habían marginado al ambiente de los indios, es decir, a la cocina. Sin embargo, paradójicamente, allí encontró cariño y protección. A la postre, Arguedas se identificará con ellos.

En 1921 vivió un tiempo en Viseca, donde conoció el mundo de las comunidades indígenas y distinguió las diferencias entre el mundo de los indios y el colono. Su permanencia en este lugar es considerado por el propio Arguedas como su etapa más feliz. Sin embargo, al tratar de alejarse de su extracción social e intentar ingresar plenamente en el mundo de los indios fracasa, razón por la cual se sintió humillado.

Todos estos infelices episodios mermarán progresivamente su salud e influirán en su decisión fatal. En abril de 1966 intentó suicidarse por primera vez, pero falló. Una carta a su amigo Alejandro Ortiz, el 2 de diciembre de 1967, resulta revelador: “Tengo conflictos graves desde la infancia. No fueron nunca resueltos, desembocaron en un suicidio que se frustró, pero los conflictos no se resolvieron. Fuiste, en tu propia casa, testigo de la feroz pelea interna que libré antes de tomar esas píldoras. No puedo estar seguro qué va a pasar después. Y nadie tiene la culpa sino las circunstancias en qué pasé mi infancia…” Tres años después, un 28 de noviembre, en la Universidad Nacional Agraria “La Molina”, se disparó un tiro a la cabeza. Después de una larga agonía, murió el 2 de diciembre.

Sus obras más representativas son: Yawar Fiesta (1941); Los ríos profundos (1958), su obra maestra; Todas las sangres (1965 ), la más ambiciosa e incomprendida en su tiempo; y El zorro de arriba, el zorro de abajo, publicada póstumamente.

Hace 35 años dejó de existir uno de los novelistas más prominentes: José María Arguedas. Nacido en Andahuaylas, Apurímac, el 18 de enero de 1911, se comprometió socialmente con los seres más explotados del país: las comunidades indígenas.

La muerte de su madre, cuando apenas tenía tres años, y el segundo matrimonio de su padre cambió radicalmente su vida. El nuevo matrimonio se trasladó a la hacienda de su madrastra, quien era dueña de medio pueblo y despreciaba a los indios y al mundo andino. José María sufrió desde el principio no sólo el maltrato de su madrastra, sino también el de sus tres hijos. Los cuatro lo habían marginado al ambiente de los indios, es decir, a la cocina. Sin embargo, paradójicamente, allí encontró cariño y protección. A la postre, Arguedas se identificará con ellos.

En 1921 vivió un tiempo en Viseca, donde conoció el mundo de las comunidades indígenas y distinguió las diferencias entre el mundo de los indios y el colono. Su permanencia en este lugar es considerado por el propio Arguedas como su etapa más feliz. Sin embargo, al tratar de alejarse de su extracción social e intentar ingresar plenamente en el mundo de los indios fracasa, razón por la cual se sintió humillado.

Todos estos infelices episodios mermarán progresivamente su salud e influirán en su decisión fatal. En abril de 1966 intentó suicidarse por primera vez, pero falló. Una carta a su amigo Alejandro Ortiz, el 2 de diciembre de 1967, resulta revelador: “Tengo conflictos graves desde la infancia. No fueron nunca resueltos, desembocaron en un suicidio que se frustró, pero los conflictos no se resolvieron. Fuiste, en tu propia casa, testigo de la feroz pelea interna que libré antes de tomar esas píldoras. No puedo estar seguro qué va a pasar después. Y nadie tiene la culpa sino las circunstancias en qué pasé mi infancia…” Tres años después, un 28 de noviembre, en la Universidad Nacional Agraria “La Molina”, se disparó un tiro a la cabeza. Después de una larga agonía, murió el 2 de diciembre.

Sus obras más representativas son: Yawar Fiesta (1941); Los ríos profundos (1958), su obra maestra; Todas las sangres (1965 ), la más ambiciosa e incomprendida en su tiempo; y El zorro de arriba, el zorro de abajo, publicada póstumamente.

“El Sueño del Pongo”

Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente, en la gran residencia. Era pequeño de cuerpo, miserable de ánimo, débil, todo lamentable; sus ropas viejas.

El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.

-Eres gente u otra cosa -le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.

Humillándose, el pongo no contestó.

Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.

-¡A ver! -dijo el patrón- por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada.

-¡Llévate esta inmundicia! -ordenó al mandón de la hacienda.

Arrodillándose, el pongo besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.

El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embar¬go como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer, lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. “Huérfano de huérfanos; hijo del viento, de la luna, debe ser el frío de sus ojos, el corazón, pura tristeza”, había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.

El hombrecito no hablaba con nadie, trabajaba, callado comía. “Sí, papacito; sí, mamacita”, era cuanto solía decir.

Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo, delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.

Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.

-Creo que eres perro. ¡Ladra! -le decía.

El hombrecito no podía ladrar.

-Ponte en cuatro patas -le ordenaba entonces.

El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.

-Trota de costado, como perro -seguía ordenándole el hacendado.

El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.

-¡Regresa! -le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.

El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.

-¡Alza las orejas ahora, vizcacha!

-¡Vizcacha eres! -mandaba el señor al cansado hombrecito.

-Siéntate en dos patas; empalma las manos.

Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.

Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.

-Recemos el Padrenuestro -decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.

El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.

En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se diri¬gían al caserío de la hacienda.

-¡Vete, pancita! -solía ordenar, después, el patrón al pongo.

Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos.

Pero… una tarde a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.

-Gran señor, dame tu licencia, padrecito mío, quiero hablarte- dijo.

El patrón no oyó lo que oía.

-¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro?- preguntó.

-Es a ti a quién quiero hablarte -repitió el pongo.

-Habla… si puedes -contestó el hacendado.

-Padre mío, señor mío, corazón mío -empezó a hablar el hombrecito-, soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto.

-¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio -le dijo el gran patrón.

-Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos los dos juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco.

-¿Y después? ¡Habla! -ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.

Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro Gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.

-¿Y tú?

-No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.

-Bueno sigue contando.

-Entonces, después nuestro padre dijo con su boca: “De todos los ángeles el más hermoso que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro pequeño que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de la chancaca más transparente.

-¿Y entonces? -pregunto el patrón. Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.

-Dueño mío, apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel brillante, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave, como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.

-¿Y entonces? -repitió, el patrón.

-“Ángel mayor: cubre a este caballero can la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre”, diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.

-Así tenía que ser- dijo el patrón, y luego preguntó:

-¿Ya ti?
-Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar.

– “Que de todos los ángeles del cielo venga el que menos vale, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano”

-¿Y entonces?

-Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro Gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande.

– “Oye viejo -ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel- embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!”.

-Entonces con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata me cubrió desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado, Y aparecía avergonzado, en la luz del cielo, apestando.

-Así mismo tenía que ser -afirmó el patrón- ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?…

-No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria, y luego dijo: “Todo cuando los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo”. El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.