Sábado, 3 de Diciembre del 2016


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FELIPE PINGLO ALVA

Publicado el 16/07/16

Felipe Pinglo Alva nació en Lima el 18 de julio de 1899 en la calle de El Prado, hijo de un modesto normalista. Estudió en la escuela fiscal de los Naranjos y en la de Sancho Dávila, del Carmen Bajo, para seguir luego la instrucción secundaria en el colegio Guadalupe. Palomilla en la pampa de Barbones, futbolista del club Alfonso Ugarte de los Barrios Altos o del Deportivo Naranjos, crítico de este deporte en varias revistas, empleado en la compañía de Gas y en la Dirección General de Tiro, demostró desde muy joven una natural afición a la música, al interpretar los «one steps», los «fox trots» y los «black botton», los tangos y otros ritmos que estaban de moda para luego, delgado y melancólico, con su cara larga y angustiada, sosteniendo su guitarra con la mano izquierda, componer infatigablemente la letra y la música de sus propios valses. En ellos suele haber un romanticismo sencillo y hállase también la crónica sentimental de los barrios del suburbio capitalino, el deslumbrante bullicio de las jaranas que se armaban a punto de voz y pecho, las tristezas y las alegrías del alma mestiza que buscaba su propia expresión sin dejarse seducir por los ritmos ajenos o importados. Entre sus producciones más afamadas estuvieron, entre muchas otras, La Oración del Labriego, El Espejo de mi Vida, El huerto de mi amada, Rosa Luz, Bouquet, Hermelinda, Evangelina, Amelia. También se recuerda De Vuelta al Barrio y El Plebeyo. El primero de estos últimos valses es un canto de amor entrañable a los Barrios Altos y una expresión de nostalgia del pasado. En el segundo se esboza un problema social, pues el plebeyo Luis Enrique ama a una aristócrata. «Señor, por qué los seres no son de igual valor», pregunta el artista.

Felipe Pinglo no sólo abrió una nueva etapa de la canción criolla sino, además, dejó una leyenda. Falleció en una casa de la calle de la Penitencia, el 13 de mayo de 1936

Por Jorge Basadre