Sábado, 3 de Diciembre del 2016


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Pre venta de “Un caballo se lamenta” Centro Cultural de la Universidad del Pacífico

Publicado el 18/04/16

Cada presentación no es la misma. En eso radica la magia y la vigencia del arte del teatro. Quizás, el ánimo con el que decidas ir a ver hoy “Un caballo se lamenta” no sea el mismo con el que vayas el día de mañana. Tampoco servirá que busques en spotify o youtube. Ahórrate la búsqueda y el plan de datos: hay una tormenta sobre el escenario y nunca será la misma en cada función.

Esa tormenta es Teresa Ralli. “Un caballo se lamenta” no son poemas cantados de Brecht. Es una acción escénica: el cuerpo de Teresa Ralli también sufre en las canciones y ver la transformación al paso de cada tema, es una experiencia indescriptible.

Hago una pausa mientras escribo esto y miro el reloj, pienso en la función de hoy y creo que quizás vayan por la “Canción del bien-estar en el mundo” Pienso en que, quizás, al encargado del cañón de luz del teatro, le tiemble la mano otra vez, ante la presencia de Teresa. Hoy más de uno, irá a su casa con el corazón encogido, en nudo o en alguna situación que hasta ayer, por ejemplo yo, desconocía.

No he leído a Bertolt Brecht, sabrán disculpar, más allá de esa frase de “Hay hombres que luchan un día…” (Que, para empezar, la primera vez que la oí fue en una canción de Silvio Rodríguez) pero, después de ir al teatro a ver la función, entiendo lo que es la vigencia y la importancia de su obra. Y es curioso que en estos tiempos tan extraños y oscuros (y el horizonte en el mismo registro de color) los poemas de Bertolt Brecht, en los que discutimos el rol de los medios de comunicación, la libertad de decisión de las mujeres sobre su cuerpo, la decencia política (inserte aquí las risas grabadas por favor), la narcopolítica y tantas otras cosas, que las canciones de un autor alemán muerto, hace más de medio siglo, tengan sentido en una ciudad como la Lima del 2015.

En este país donde, disculpen la insistencia, hay políticos, periodistas entre otras figuras mediáticas que hablan sobre la moral y la decencia, mientras hay chicos trabajando en services con sueldos miserables y en un país dónde, por un celular, alguien va a meterte un par de balazos en el pecho o la espalda, eso constituye una ofensa. Y es algo que sucede en ambos flancos de la política nacional, porque, no importa el color de tu corbata, pashmina, gazné o chalina, a la hora de la verdad, el que está en busca de lo que considere su sobrevivencia va a darte con todo. Llámalo sobrevivencia, lúmpen proletariado, moral dinámica de las bases, leyes del mercado, etcétera; afuera, en la calle, hay gente que le llama a eso, buscársela.

La historia, se construye en las calles y no desde la comodidad de un sillón o de una butaca. El arte empieza donde acaba la tranquilidad, y está obra, nos deja intranquilos, inquietos, porque nos habla de gente común, que suda, trabaja, ama, tira y es aplastada contra los muros de lo cotidiano. Imagina, una obra sobre las personas que abordan todos los días ese suplicio llamado transporte público, para construir y alimentar un país, durante décadas que aún, entre todo, aún encuentra un espacio para amar y esperar que amanezca y…vivir.