Miercoles, 7 de Diciembre del 2016


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MARIO VARGAS LLOSA

Publicado el 28/03/16

Mario Vargas Llosa, uno de los más grandes escritores del Perú, nació en la madrugada del 28 de marzo de 1936, en Arequipa. Un año después, se traslada con su familia a Cochabamba, Bolivia. Allí permanece durante ocho años, luego regresa al Perú a vivir en la ciudad de Piura, donde pasará experiencias inolvidables.

Años después se muda a la capital, donde ingresa a estudiar al Colegio Militar Leoncio Prado (1950-1951), importante episodio de su vida que le servirá como base para escribir su primera novela La ciudad y los perros.

El quinto de secundaria lo realiza en Piura. En esta ciudad también estrena su primer drama, La huida del inca. Regresa a la capital para matricularse en la Universidad de San Marcos. En 1957 gana un premio para su cuento “El desafío” – consistente en un viaje a París. En París concluye su libro de cuentos Los jefes (1959). Cinco años después obtiene el Premio Biblioteca Breve de la editorial española Seix Barral por su primera novela La ciudad y los perros. Con esta obra Mario Vargas Llosa se convirtió en una de las principales figuras del llamado Boom latinoamericano, al lado de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, José Donoso, Carlos Fuentes y Augusto Roa Bastos. Posteriormente, durante esta década, publica dos novelas La casa verde (1966), con la cual gana el Premio Rómulo Gallegos (1967) y Conversación en la Catedral (1969); y un relato, Los cachorros (1967), obras que confirman su extraordinario talento narrativo.

En la década siguiente entrega a la imprenta dos novelas que, según la crítica especializada, no están a la altura de las anteriores: Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tía Julia y el escribidor (1977). Sucede lo contrario con el género ensayístico, pues entrega dos obras de gran envergadura: Gabriel García Márquez: Historia de un deicidio (1971) – que en realidad es la tesis con la cual obtuvo su doctorado en Letras; y La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary (1975).

En los ochenta, cuando muchos críticos pensaban que Mario Vargas Llosa estaba acabado, aparece La guerra del fin del mundo (1981), que lo ubica nuevamente entre los mejores novelistas del mundo; así como también la obra de teatro La señorita de Tacna. Tres años después, publica Historia de Mayta (1984).

Cuando el gobierno de Alan García Pérez intenta estatizar la banca el año 1987, año en que publica El hablador, Mario Vargas Losa se siente obligado moralmente a participar en política. Convoca un mitin, al cual concurre mucha gente, funda el Movimiento Libertad y en 1989 postula a la presidencia de la República. Contra todo pronóstico, pierde las elecciones del año siguiente. Esta derrota lo lleva a retirarse de la política y a entregarse de lleno a la literatura. En 1993 escribe su autobiografía El pez en el agua (1993), la obra teatral El loco de los balcones y la novela Lituma en los andes.

Crítico implacable de toda forma de dictadura, rompe su silencio para hacerle frente al gobierno de Alberto Fujimori a través de artículos y entrevistas.

En la década del 2000, Mario Vargas Llosa retoma el nivel de sus mejores novelas con los libros La fiesta del chivo (2000), El paraíso en la otra esquina (2003), Travesuras de la niña mala (2006). El 3 de noviembre de 2010 publica su última novela El sueño del celta, sobre la vida de Roger Casement, cónsul británico en el Congo Belga. En esa década también escribe un extraordinario ensayo, llamado La Tentación de lo imposible. Víctor Hugo y Los miserables (2004) y El viaje a la ficción, ensayo sobre Juan Carlos Onetti (2008).

A lo largo de su exitosa carrera, Mario Vargas Llosa ha recibido importantes premios literarios como el Príncipe de Asturias (1986), el Ritz Hemingway (1981), el Miguel de Cervantes (1994), Pen Nabokov (2002), Premios Grinzane Canvour, Irving Kristol (2005), e innumerables títulos honoríficos de diversas universidades del mundo. Además, se le ha otorgado la distinción de ser miembro de número de la Academia Peruana (1975) y miembro de la Real Academia Española (1994).

El 7 de octubre de 2010 se le concede el Premio Nobel de Literatura, máximo galardón en su especialidad. El discurso de aceptación del Premio Nobel, titulado “Elogio de la lectura y la ficción”, lo ofrece en la Gran Sala de la Academia Sueca el 7 de diciembre de 2010. El premio le fue entregado el 10 de diciembre del 2010, en la Sala de Conciertos de Estocolmo, por el Rey Carlos XVI Gustavo de Suecia.

FRAGMENTO DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: HISTORIA DE UN DEICIDIO

 

“Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Éste es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida; cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad.

Las causas de esta rebelión, origen de la vocación del novelista, son múltiples, pero todas pueden definirse como una relación viciada con el mundo. Porque sus padres fueron demasiado complacientes o severos con él, porque descubrió el sexo muy temprano o muy tarde o porque no lo descubrió, porque la realidad lo trató demasiado bien o demasiado mal, por exceso de debilidad o de fuerza, de generosidad o de egoísmo, este hombre, esta mujer, en un momento dado se encontraron incapacitados para admitir la vida tal como la entendían su tiempo, su sociedad, su clase o su familia, y se descubrieron en discrepancia con el mundo. Su reacción fue suprimir la realidad, desintegrándola para rehacerla convertida en otra, hecha de palabras, que la reflejaría y negaría a la vez.

Todos los novelistas son rebeldes, pero no todos los rebeldes son novelistas. ¿Por qué? A diferencia de los otros, éste no sabe por qué lo es, ignora las raíces profundas de su desavenencia con la realidad: es un rebelde ciego. La demencia luciferína a que lo empuja su rebeldía -suplantar a Dios, rehacer la realidad-, el carácter extremo que ésta adopta en él, es la manifestación de esa oscuridad tenaz. Por eso escribe: protestando contra la realidad, y, al mismo tiempo, buscando, indagando por esa misteriosa razón que hizo de él un supremo objetor. Su obra es dos cosas a la vez: una reedificación de la realidad y un testimonio de su desacuerdo con el mundo. Indisolublemente unidos, en su obra aparecerán estos dos ingredientes, uno objetivo, el otro subjetivo: la realidad con la que está enemistado y las razones de esta enemistad; la vida tal como es y aquello que él quisiera suprimir, añadir o corregir a la vida. Toda novela es un testimonio cifrado: constituye una representación del mundo, pero de un mundo al que el novelista ha añadido algo: su resentimiento, su nostalgia, su crítica. Este elemento añadido es lo que hace que una novela sea una obra de creación y no de información, lo que llamamos con justicia la originalidad de un novelista.

No es fácil detectar el origen de la vocación de un novelista, el momento de la ruptura, la o las experiencias que viciaron su relación con la realidad, hicieron de él un inconforme ciego y radical y lo dotaron de esa voluntad deicida que lo convertiría en un suplantador de Dios. Y no lo es porque, en la mayoría de los casos, la ruptura no es el resultado de un hecho único, la tragedia de un instante, sino un lento, solapado proceso, el balance de una compleja suma de experiencias negativas de la realidad. En todo caso, la única manera de averiguar el origen de esa vocación es un riguroso enfrentamiento de la vida y la obra: la revelación está en los puntos en que ambas se confunden. El por qué escribe un novelista está visceralmente mezclado con el sobre qué escribe: los ‘demonios’ de su vida son los ‘temas’ de su obra. Los ‘demonios’: hechos, personas, sueños, mitos, cuya presencia o cuya ausencia, cuya vida o cuya muerte lo enemistaron con la realidad, se grabaron con fuego en su memoria y atormentaron su espíritu, se convirtieron en los materiales de su empresa de reedificación de la realidad, y a los que tratará simultáneamente de recuperar y exorcizar, con las palabras y la fantasía, en el ejercicio de esa vocación que nació y se nutre de ellos, en esas ficciones en las que ellos, disfrazados o idénticos, omnipresentes o secretos, aparecen y reaparecen una y otra vez, convertidos en ‘temas’. (Sabiduría del lenguaje popular: un hombre con obsesiones que recurren en su conversación es un ‘hombre con temas’, un ‘temático’). El proceso de la creación narrativa es la transformación del ‘demonio’ en ‘tema’, el proceso mediante el cual unos contenidos subjetivos se convierten, gracias al lenguaje, en elementos objetivos, la mudanza de una experiencia individual en experiencia universal. La historia de un novelista, según Roland Barthes, es la historia de un tema y sus variaciones. Discutible para autores como Tolstoi, Dickens o Balzac, la fórmula es válida para aquellos que, como Kafka o Dostoyiewsky, parecen haber escrito toda su obra azuzados por una idea fija. Es el caso de García Márquez: obsesiva, recurrente, una intención central abraza su obra, una ambición única que sus ficciones van desarrollando a saltos y retrocesos, desde perspectivas diferentes y con métodos distintos. Este denominador común hace que sus cuentos y novelas puedan leerse como fragmentos de un vasto, disperso, pero al mismo tiempo riguroso proyecto creador, dentro del cual encuentra cada uno de ellos su plena significación. Esta voluntad unifícadora es la de edificar una realidad cerrada, un mundo autónomo, cuyas constantes proceden esencialmente del mundo de infancia de García Márquez”.